FRAGMENTOS
DEL ANÁLISIS DEL FILM “NO ME MATES” PRESENTADO POR EL LIC. DANIEL ANTAR EN EL
CINE DEBATE DE LA PELÍCULA.
SINOPSIS:
NO ME MATES es una película basada en un hecho real. La historia de Corina
Fernández.
Como todos los días, el 2 de agosto de 2010, Corina Fernández llevó a sus hijas
de nueve y once años al colegio. Al dejarlas, su pareja, Javier Weber
(disfrazado de anciano), le disparó seis tiros con un revólver calibre 32, en
la calle y a plena luz del día. Acertó tres tiros y erró los otros tres. Corina
sobrevivió milagrosamente, aunque hasta el día de hoy lleva dos balas en un
pulmón.
“El presente
documental pone en evidencia una multiplicidad de factores que conjugados,
empujan a un precipitado trágico como es el femicidio o su intento. Vemos cómo
la displicencia judicial, la falta de alarmas sociales que actúen velozmente
como elementos de resonancia válida y, la articulación muchas veces
inconsciente de elementos psicológicos del vínculo en juego, orquestan una
espiral de violencia muy difícil de desarticular a tiempo. […]
Corina nos señala expresamente y con valiente honestidad al comienzo del
documental, que dentro de los factores que implica un vínculo patológico están
aquellos que radican en una historia personal de carencias emocionales que
impiden advertir con claridad la presencia de signos anómalos en la conducta de
la pareja. […]
Javier, ya desde los comienzos y en los pliegues de la relación amorosa. se nos
presenta como un muchacho inauditamente celotípico, controlador y
fundamentalmente narcisista. Este último rasgo es el que va a comandar a los
otros y a todo el despliegue psicopático desde su inicio hasta el desenlace
trágico. Su denominador común es que a pesar de que el sujeto posee una
aparente conexión adecuada con la realidad externa, eso que llamamos “criterio
de realidad” (y que confunde la normalidad con la salud mental), la vivencia
subjetiva del vínculo afectivo está dominada por la indiscriminación con el
objeto. Javier experimenta a Corina como una extensión de sí mismo, como una
cosa que debe responder a su estructura deseante sin consideración alguna por
la persona total de ella. Consideración a la que muchas veces me he referido
como una adquisición fundamental del desarrollo psicológico y a la que he
aludido como el pasaje de la dimensión homopsíquica (objeto parcial) a la
heteropsíquica (objeto total).
Es muy posible que en la fase de enamoramiento, la ceguera coyuntural de toda
relación amorosa se apoye en el resorte de la idealización de ese otro objeto
amado. Sus “defectos” no son vistos o bien pasan a un segundísimo plano,
mientras toda la escena lo ocupa ese amor omnipotente, dominado por la ilusión
de unidad y devoción (motor en el comienzo de muchos emprendimientos en nuestra
vida, que, luego naufragan si no se opera un segundo momento de transformación
que implique al anhelo de lo diferente y lo otro).
En condiciones de salud, esa efervescencia (eso que metafóricamente y
coloquialmente he aludido como “el efecto cerveza”) va declinando para dar
lugar a la puesta en contacto con la especificidad del otro; se abre un campo
intersubjetivo donde el otro no es “perfecto” ni responde mágicamente a los
deseos de uno de los miembros de la pareja. Piensa y siente distinto…es un
mundo a descubrir. Si la retroalimentación es lúdica y trófica la palabra
“amor” va adquiriendo volumen y propone la aventura de la complementación en la
diferencia. Se trata del pasaje del enamoramiento a la verdadera relación
amorosa. […]
El eje de la conducta psicopática de personalidades como la de Javier pasa por
la necesidad de un control obsesivo-compulsivo sobre el objeto. Su objetivo
–inconsciente- es desmentir la autonomía del mismo que lo deja fuera del
control omnipotente. Entonces veremos que ese control va tomando formas varias
(muy a propósito es la escena en que Javier toma literalmente el control remoto
para cambiar, con total desaprensión el programa de televisión que está viendo
Corina, y proceder a poner lo que él quiere); pero una forma principal son la
de los celos delirantes, donde Javier postula todo tipo de traiciones por parte
de Corina, lo que muy en el fondo, lo habilita a despreciarla e incluso querer
destruirla. Se trata de personalidades donde actúa lo que Klein alguna vez
denominó como la “tríada maníaca”: control-triunfo-desprecio. Un mecanismo
mortífero al servicio de la negación omnipotente y de la pulsión de muerte dada
la incapacidad de amar del sujeto en cuestión. Incapacidad que se expresa como
envidia destructiva y celos generalizados. […]
Dada esta creciente de espiral violenta, Corina finalmente va advirtiendo la
necesidad de actuar y de pedir ayuda (despiertan las pulsiones de autoconservación
ligadas a la vida). La pide ochenta veces. Un estado burócrata y ausente, hace
que la escucha. Si había un fantasma interno de desamparo, ese Estado se ha
encargado de materializarlo. Las restricciones finalmente conseguidas que se le
imponen a Javier, son una caricatura grotesca frente a un sujeto que si algo
tiene de característico, es justamente burlar la ley y los límites; en ello va
el goce que dice “a mi juego me llamaron”. Porque, y hay que subrayarlo, estos
sujetos caracterizados por una psicopatía perversa desdeñan todo límite que
implique el tope a una fantasía omnipotente de control. […]
Corina es una sobreviviente no sólo del horror de una historia de pareja que
culmina con tres tiros que no logran matarla, sino de un horror mayor aún que
nos debe escandalizar a todos: el de una justicia injusta; que miró para otro
lado, seguramente más placentero y lucrativo; de un agente del Estado que dejó
caer en lugar de sostener y hacer valer la ley; de una justicia todavía
infiltrada de un ancestral machismo, que deja de algún modo u otro correr un
rumor de corrillos que dice: “y algo habrá hecho para merecer eso”.